El Gran Diseño
Capítulo
1: El misterio del ser
Cada uno de nosotros existe durante
un tiempo muy breve, y en dicho intervalo tan sólo explora una parte diminuta
del conjunto del universo. Pero los humanos somos una especie marcada por la
curiosidad. Nos preguntamos, buscamos respuestas. Viviendo en este vasto mundo,
que a veces es amable y a veces cruel, y contemplando la inmensidad del
firmamento encima de nosotros, nos hemos hecho siempre una multitud de
preguntas. ¿Cómo podemos comprender el mundo en que nos hallamos? ¿Cómo se
comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene
todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? La mayoría de nosotros
no pasa la mayor parte de su tiempo preocupándose por esas cuestiones, pero
casi todos nos preocupamos por ellas en algún instante.
Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la
filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al
corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física.
Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del
descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento. Nuestro objetivo es
proporcionar las respuestas sugeridas por los descubrimientos y los progresos
teóricos recientes, que nos conducen a una nueva imagen del universo y de
nuestro lugar en él, muy diferente de la tradicional, e incluso de la imagen
que nos habíamos formado hace tan sólo una o dos décadas. Aun así, los primeros
bosquejos de esos nuevos conceptos se remontan a hace casi un siglo.
Según la concepción tradicional del
universo, los objetos se mueven a lo largo de caminos bien definidos y tienen
historias bien definidas. Podemos especificar sus posiciones precisas en cada
instante. Aunque esa descripción es suficientemente satisfactoria para los
propósitos cotidianos, se descubrió en la década de 1920 que esta imagen clásica no podía describir el
comportamiento aparentemente extraño observado a escalas atómica y subatómica
de la existencia. Fue necesario adoptar, en su lugar, un marco bien diferente,
denominado física cuántica.
Las teorías cuánticas han resultado ser
notablemente precisas en la predicción de acontecimientos a dichas escalas, y también
reproducen las predicciones de las viejas teorías clásicas cuando son aplicadas
al mundo macroscópico de la vida corriente. Pero la física clásica y la
cuántica están basadas en concepciones de la realidad física muy diferentes.
Las teorías cuánticas pueden ser
formuladas de muchas maneras diferentes, pero la descripción probablemente más
intuitiva fue elaborada por Richard (Dick) Feynman (1918-1988), todo un
personaje, que trabajó en el Instituto Tecnológico de California y que tocaba
los bongos en una sala de fiestas de carretera. Según Feynman, un sistema no
tiene una sola historia, sino todas las historias posibles. Cuando
profundicemos en las respuestas, explicaremos la formulación de Feynman con
detalle y la utilizaremos para explorar la idea de que el propio universo no
tiene una sola historia, ni tan siquiera una existencia independiente. Eso
parece una idea radical, incluso a muchos físicos.
En efecto, como
muchas otras nociones de la ciencia actual, parece violar el sentido común.
Pero el sentido común está basado en la experiencia cotidiana y no en el
universo tal como nos lo revelan las maravillas tecnológicas que nos permiten
observar la profundidad de los átomos o el universo primitivo. Hasta la llegada
de la física moderna se acostumbraba a pensar que todo el conocimiento sobre el
mundo podría ser obtenido mediante observación directa, y que las cosas son lo
que parecen, tal como las percibimos a través de los sentidos. Pero los éxitos
espectaculares de la física moderna, que está basada en conceptos, como por
ejemplo los de Feynman, que chocan con la experiencia cotidiana, han demostrado
que no es así. Por lo tanto, la visión ingenua de la realidad no es compatible
con la física moderna. Para tratar con esas paradojas, adoptaremos una posición
que denominamos «realismo dependiente del modelo», basada en la idea de que
nuestros cerebros interpretan los datos de los órganos sensoriales elaborando
un modelo del mundo.
Cuando el modelo
explica satisfactoriamente los acontecimientos tendemos a atribuirle, a él y a
los elementos y conceptos que lo integran, la calidad de realidad o verdad
absoluta. Pero podría haber otras maneras de construir un modelo de la misma
situación física, empleando en cada una de ellas conceptos y elementos
fundamentales diferentes. Si dos de esas teorías o modelos predicen con
exactitud los mismos acontecimientos, no podemos decir que uno sea más real que
el otro, y somos libres para utilizar el modelo que nos resulte más
conveniente. En la historia de la ciencia hemos ido descubriendo una serie de
teorías o modelos cada vez mejores, desde Platón a la teoría clásica de Newton
y a las modernas teorías cuánticas. Resulta natural preguntarse si esta serie
llegará finalmente a un punto definitivo, una teoría última del universo que
incluya todas las fuerzas y prediga cada una de las observaciones que podamos
hacer o si, por el contrario, continuaremos descubriendo teorías cada vez
mejores, pero nunca una teoría definitiva que ya no pueda ser mejorada. Por el
momento, carecemos de respuesta a esta pregunta, pero conocemos una candidata a
teoría última de todo, si realmente existe tal teoría, denominada teoría M.
La teoría M es
el único modelo que posee todas las propiedades que creemos debería poseer la
teoría final, y es la teoría sobre la cual basaremos la mayor parte de las
reflexiones ulteriores. La teoría M no es una teoría en el sentido habitual del
término, sino toda una familia de teorías distintas, cada una de las cuales
proporciona una buena descripción de las observaciones pero sólo en un cierto
dominio de situaciones físicas. Viene a ser como un mapamundi: como es bien
sabido, no podemos representar la superficie de toda la Tierra en un solo mapa.
La proyección Mercator utilizada habitualmente en los mapamundis hace que las
regiones del mundo parezcan tener áreas cada vez mayores a medida que se
aproximan al norte y al sur, y no cubre los polos Norte o Sur. Para representar
fielmente toda la Tierra se debe utilizar una colección de mapas, cada uno de
los cuales cubre una región limitada. Los mapas se solapan entre sí y, donde lo
hacen, muestran el mismo paisaje. La teoría M es parecida a eso. Las diferentes
teorías que constituyen la familia de la teoría M pueden parecer muy
diferentes, pero todas ellas pueden ser consideradas como aspectos de la misma
teoría subyacente.
Puede que para
representar el universo necesitemos una serie de teorías que se solapen entre
sí, tal como necesitamos mapas que se solapen para representar la Tierra.
Son versiones de la teoría aplicables
tan sólo en dominios limitados, por ejemplo cuantío ciertas magnitudes como la
energía son pequeñas. Tal como ocurre con los mapas que se solapan en una
proyección Mercator, allí donde los dominios de validez de las diferentes
teorías se solapan, éstas predicen los mismos fenómenos. Pero así como no hay
ningún mapa plano que represente bien el conjunto de la superficie terrestre,
tampoco hay una teoría que proporcione por sí sola una buena representación de
las observaciones físicas en todas las situaciones. Describiremos cómo la
teoría M puede ofrecer respuestas a la pregunta de la creación. Según las
predicciones de la teoría M, nuestro universo no es el único, sino que
muchísimos otros universos fueron creados de la nada. Su creación, sin embargo,
no requiere la intervención de ningún Dios o Ser Sobrenatural, sino que dicha multitud
de universos surge naturalmente de la ley física: son una predicción
científica.
Cada universo tiene muchas historias
posibles y muchos estados posibles en instantes posteriores, es decir, en
instantes como el actual, transcurrido mucho tiempo desde su creación. La
mayoría de tales estados será muy diferente del universo que observamos y
resultará inadecuada para la existencia de cualquier forma de vida. Sólo unos
pocos de ellos permitirían la existencia de criaturas como nosotros. Así pues,
nuestra presencia selecciona de este vasto conjunto sólo aquellos universos que
son compatibles con nuestra existencia. Aunque somos pequeños e insignificantes
a escala cósmica, ello nos hace en un cierto sentido señores de la creación.
Para comprender el universo al nivel más profundo, necesitamos saber no tan
sólo cómo se comporta el universo, sino también por qué.
¿Por qué hay
algo en lugar de no haber nada? ¿Por qué existimos? ¿Por qué este conjunto
particular de leyes y no otro? Esta es la cuestión última de la vida, el
universo y el Todo. Intentaremos responderla en este libro. A diferencia de la
respuesta ofrecida en la Guía de la galaxia, de Hitchhiker, nuestra
respuesta no será, simplemente, «42».
http://www.librosmaravillosos.com/elgrandiseno/capitulo01.html
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